En Venezuela se prohíbe odiar.
Vengo desde abajo, pero no tanto como otros que han tenido que trabajar muy duro para llegar a ser alguien en este país. Mi familia, de ascendencia italiana llegó a Venezuela a comienzo de los años de mil novecientos. Mi abuelo, quien era marino, debió pasar tiempos difíciles por no hablar el idioma español. Mi abuela, quien era muy severa y fuerte carácter, no quería ser la viuda de un marino elbano, pues ellos eran de la Isla de Elba. Así que mi abuelo no tuvo otra alternativa que cambiar su profesión por el matrimonio y por ello emigró a esta tierra. De allí vengo yo y mi historia comienza allí. Recuerdo a mi abuelo Atilio, así se llamaba, con un gran amor y admiración. Llegar en esos años a un país totalmente desconocido, con un idioma un poco semejante al suyo, debió haber sido difícil. Quizás al pensar como se entendería con una gente nueva, con unas costumbres distintas y un mundo nuevo no dejaría de producirle, en su fuero interno, algún temor. No sé como fue exactamente el comienzo, seguramente algunos paisanos le tendieron la mano y llegó a tener una situación social que hoy llamaríamos de clase media. No quiero extenderme acerca de esa maravillosa persona que para mí fue mi abuelo. Ya lo haré en otra oportunidad. Lo que viene al caso es que llegando a mí la razón y la conciencia, recuerdo la figura de ese personaje y la cordialidad que irradiaba. Cuando lo acompañaba camino de su negocio, todo el mundo lo saludaba con cariño y respeto y desde esos años hasta hoy he tenido presente que el venezolano es un ser cordial, dicharachero y solidario. Dado a la broma y al chiste, jocoso pero solidario hasta en las lágrimas y penas de los demás. Dispuesto siempre a compartir y a dar. Dispuesto siempre a dar. Este es el venezolano que yo, cuando caminaba junto al abuelo, hoy recuerdo y ese es el motivo de esta nota. Por eso, cuando este ente que se ha dado en llamar el alto gobierno –así, con minúscula- profesa el odio y el resentimiento como un sustento de una pretendida revolución, vengo a recordar a este venezolano de siempre, que desde el pecho de la madre recibe el alimento vital que lleva consigo el sentimiento de que en Venezuela está prohibido odiar.
